Veinte mil leguas de viaje submarino

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Consejo era mi criado. Un mozo muy adicto que me acompañaba en todos mis viajes; un excelente flamenco a quien tenía yo afecto y que me lo retribuía con creces; un ser de temperamento flemático, metódico por principios, activo por hábito, poco inclinado a dejarse impresionar por las sorpresas del vivir cotidiano, de manos habilísimas, apto para todo servicio y, a pesar de su nombre, nada dispuesto a dar consejos, ni siquiera cuando no se los pedían. A fuerza de rozarse con los sabios de nuestro mundillo del Jardín botánico, había logrado Consejo aprender algunas cosas. Contaba yo en él con un especialista muy ducho en las clasificaciones de la historia natural, capaz de recorrer con agilidad de acróbata toda la escala de las ramas, grupos, clases, subclases, órdenes, familias, géneros, subgéneros, especies y variedades. Pero de ahí no pasaba su saber. Clasificar era su vida, lo demás se hallaba fuera de su campo. Muy versado en la teoría de la clasificación, poco en la práctica, supongo que no hubiera sabido distinguir un cachalote de una ballena. ¡Y, sin embargo, qué honrado y digno mozo era Consejo!






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