Veinte mil leguas de viaje submarino

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Además, la tierra se hallaba cuando más a dos millas y, era un juego para el canadiense llevar la liviana canoa por entre las líneas de los arrecifes, tan fatales para los grandes navíos. El día siguiente 5 de enero, sacaron de su alvéolo a la canoa, sin puente, y la echaron al mar desde lo alto de la plataforma. Dos hombres bastaron para tal operación. Los remos se hallaban en la embarcación y sólo teníamos que subir a ella. A las ocho, armados con los fusiles eléctricos y unas hachas, nos separamos Nautilus. El mar estaba bastante sereno. Una leve brisa soplaba desde tierra. Consejo y yo tomamos los remos y bogamos vigorosamente, mientras Ned nos gobernaba por entre los estrechos pasos que se abrían entre las rompientes. La canoa era de fácil manejo y se deslizaba con rapidez.

Ned Land no lograba dominar su alegría. Era un preso que huía de la cárcel y no pensaba en que sería menester volver a ella.

¡Carne, repetía, vamos a comer carne y qué carne! ¡Verdadera caza! Lástima que no tengamos pan. No digo que el pescado no sea una cosa buena, pero no hay que abusar. Y un trozo de venado fresco, asado en las brasas, será un agradable cambio en nuestro menú.

-¡Goloso!, respondía Consejo. Se me hace agua la boca, oyéndolo.


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