Veinte mil leguas de viaje submarino

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-Queda por saber, dije yo, si abunda la caza en estos bosques y si la caza no es de tal tamaño que pueda cazar al cazador.

-¡Bueno, señor Aronnax!, respondió el canadiense cuyos dientes parecían haberse afilado como el tajo de un hacha. ¡Yo comería carne de tigre, lomo de tigre, si no hubiera otro cuadrúpedo en la isla!

-El amigo Ned es inquietante, comentó Consejo.

-Sea lo que fuere, prosiguió Ned Land, cualquier animal de cuatro patas sin plumas, o de dos patas con plumas, que se me ponga a la vista, recibirá el primer tiro de mi fusil.

iBueno!, dije yo. ¡Vuelven a asomar las imprudencias del maestro Land!

-¡No tema usted, señor Aronnax, respondió él, y reme firme! Sólo le pido veinticinco minutos para brindarle un manjar de los míos. A las ocho y media, la canoa del Nautilus encallaba suavemente en una playa arenosa, después de haber cruzado con toda felicidad el anillo coralino que rodeaba a la isla de Gueboroar.


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