Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -¡Hum!, hizo el canadiense.
-¡Qué! ¿Todavía se queja?
-Con todos estos vegetales no se llega a completar una comida, respondió Ned. Pueden ser el plato final, un postre. Pero, ¿y la sopa?
¿Y el asado?
-Cierto es, dije. Ned nos tenía prometidas unas chuletas que me parecen muy problemáticas.
-Señor, respondió el canadiense, no sólo no ha terminado la caza, sino que no comenzó siquiera todavía. ¡Paciencia! Acabaremos por dar con algún animal de pluma o de pelo, si no es en este lugar, en otro cualquiera...
-Y si no hoy, será mañana, añadió Consejo, porque no tenemos que alejarnos mucho. Hasta propondría que volvamos a la canoa.
-¿Cómo, ya?, exclamó Ned.
-Debemos regresar antes de la noche, dije.
-¿Qué hora es, entonces?, preguntó el canadiense.
-Por lo menos, las dos, respondió Consejo.
-¡Cómo pasa el tiempo en tierra firme!, exclamó el maestro Land, dando un suspiro pesaroso.
-En marcha, dijo Consejo.