Veinte mil leguas de viaje submarino

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Ned Land se conformó, por el momento, con cortar en trozos los troncos, como para hacer leña, y más tarde extraería la harina, la tamizaría con el fin de separar los ligamentos fibrosos, haría evaporar la humedad al sol y la dejaría endurecerse en unos moldes. Por fin, a las cinco de la tarde, cargados con todas aquellas riquezas, nos apartamos de la isla y media hora después arrimábamos al Nautilus. Nadie se hizo presente a nuestra llegada. El enorme cilindro de acero parecía deshabitado. Embarcamos las provisiones y yo me dirigí a mi habitación; en ella estaba lista la cena. Comí y luego me quedé dormido.

El día siguiente, 6 de enero, no advertí novedad alguna a bordo. Ningún ruido se oía en el interior, no habla señales de vida. La canoa había permanecido al costado del Nautilus en el mismo lugar donde la habíamos dejado. Resolvimos volver a la isla de Gueboroar. Ned Land esperaba tener más suerte que la víspera, desde el punto de vista del cazador, y quería visitar otra parte del bosque. Al salir el sol ya estábamos en camino. La embarcación arrastrada por el oleaje que la llevaba hacia la costa, llegó a la isla en unos instantes.

Desembarcamos y, pensando que era mejor que nos entregáramos al instinto del canadiense, lo seguimos, mientras él, con sus largos trancos, amenazaba dejarnos atrás.


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