Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Porque si bien mis deseos de poseer a una de las aves del paraíso habían sido satisfechos, no ocurría lo mismo con los deseos del cazador canadiense. Por fortuna, a eso de las dos, Ned Land abatió un pecarí, especie de cerdo salvaje, de los que los naturales llaman bariu- tang. Llegaba a punto el animal para proveemos de verdadera carne de cuadrúpedo, y fue bien recibido. Ned Land se envaneció mucho con su tiro. El cerdo, tocado por la bala eléctrica, cayó muerto al instante. El canadiense lo desolló, le quitó las vísceras, le cortó una media docena de costillas destinadas al asador para la cena.
Luego prosiguió la caza, que debía señalarse aun con las proezas de Ned y de Consejo. En efecto, ambos amigos, ojeando la caza por entre los matorrales, asustaron a una manada de canguros que huyeron dando saltos con sus elásticas patas posteriores. Pero no lograron escapar con suficiente rapidez como para que una bala eléctrica no alcanzara a derribarlos en plena carrera.
-¡Ah, señor profesor, exclamó Ned Land dominado por la furia del cazador, qué caza excelente, sobre todo si se cuece en estofado!
¡Qué provisión para el Nautilus! ¡Dos! ¡Tres! ¡Cinco derribados! ¡y pensar que nosotros nos comeremos toda esa carne y que los estúpidos de a bordo no probarán un bocado!