Veinte mil leguas de viaje submarino

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-En persona. Sea usted bienvenido, señor profesor. Su camarote lo espera.

Saludé, y dejando al comandante ocupado en atender la partida, me hice conducir al camarote que me destinaban. La Abraham Lincoln, perfectamente elegida y acomodada para su nuevo destino, era una fragata de rápida marcha, provista de aparatos compresores que permitían elevar la tensión de vapor a siete atmósferas. Con semejante presión, la Abraham Lincoln alcanzaba una velocidad media de dieciocho millas y tres décimos por hora, velocidad considerable, aunque insuficiente para luchar con el gigantesco cetáceo. Las instalaciones interiores de la fragata respondían a sus condiciones náuticas. Quedé muy satisfecho de mi camarote ubicado en la popa y que daba a la cámara de oficiales.

-Estaremos muy bien aquí, le dije a Consejo.

-Tan bien, si el señor me permite, como un crustáceo ermitaño en el caparazón de una caracola marina.

Dejé que Consejo acomodara convenientemente nuestras maletas y volví al puente para presenciar los preparativos de la partida. En ese momento, el comandante Farragut ordenaba soltar las últimas amarras que sujetaban a la Abraham Lincoln al muelle de Brooklyn.


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