Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino A las seis de la tarde habíamos regresado a la plava. Nuestra canoa se hallaba encallada en el sitio habitual. El Nautilus, semejando un largo escollo emergía sobre las olas a dos millas de la costa. Ned Land, sin demorar más, se ocupó en el serio asunto de la cena. Se entendía admirablemente con lo referente a esa cocina. Las costillas de bari-utang, asadas en las brasas, despidieron al poco rato un olor delicioso que perfumó la atmósfera. Entonces me di cuenta de que estaba siguiendo las huellas del canadiense. ¡Yo en éxtasis ante el asado de un cerdo fresco! ¡Séame ello perdonado, como yo se lo perdoné al maestro Land, v por los mismos motivos! En fin, la cena fue excelente. Dos palomos completaron ese menú extraordinario. La pasta de sagú -aquel pan del artocarpus-, algunos mangos, una media docena de ananás y el licor fermentado de ciertas nueces de coco, nos alegraron el ánimo. Y hasta creo que las ideas de mis dignos compañeros ya no tenían toda la lucidez deseable.
-¿Si no volviéramos esta noche al Nautilus, propuso Consejo.
-¿Si no volviéramos nunca más?, añadió Ned Land. En ese momento cayó una piedra a nuestros pies y dejó en suspenso la propuesta del arponero.