Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -¡Y qué!, ¿no ve el señor que ese caníbal comenzó el ataque?
-¡Los restos de un animal no valen la vida de un hombre!, le dije.
-¡Ah, bribón! ¡Hubiera preferido que me quebrara el hombro!
Consejo hablaba con sinceridad, pero yo no fui de su parecer. Sin embargo, la situación habla variado desde hacía unos instantes, sin que nosotros lo advirtiéramos. Unas veinte piraguas rodeaban entonces al Nautilus. Aquellas piraguas, hechas de troncos ahuecados, largas, estrechas, bien conformadas para deslizarse en el agua, se equilibraban mediante un doble balancín de bambú, que flotaba en la superficie. Las maniobraban diestros remeros semidesnudos; yo no los vi avanzar sin inquietarme.