Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Era evidente que los papúes ya habían tenido con europeos y que conocían sus naves. Pero de ese largo cilindro de hierro tendido en la bahía, sin mástiles, sin chimeneas, ¿qué pensarían? Nada bueno, sin duda, puesto que se habían mantenido al principio a distancia respetuosa. No obstante, viéndolo inmóvil, recobraban poco a poco confianza y trataban de familiarizarse con él. Precisamente, tal familiaridad era lo que había que impedir. Nuestras armas, carentes de detonación, sólo podían causarles un efecto mediocre a los indígenas, que no respetan sino a los aparatos ruidosos. El rayo sin el retumbo del trueno poco los espantaría, aunque el daño esté en la centella y no en el ruido. En ese momento, las piraguas se acercaron más al Nautilus y una nube de flechas cayó sobre él.
-¡Demonios! ¡Graniza!, exclamó Consejo. ¡ Y quizás sea un granizo envenenado!
-Es preciso informar al capitán Nemo, dijo entrando por la compuerta. Bajé al salón. No hallé en él a nadie. Me aventuré a llamar a la puerta del camarote del capitán.
-Entre, me dijo.
Entré y vi al capitán sumido en unos cálculos donde no faltaban las x ni otros signos algebraicos.