Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Estas palabras me dieron la clave de lo que ocurrÃa. Aquello no era ya un pasamano, sino un cable de metal cargado con la electricidad de a bordo, el que asomaba a la plataforma. Quienquiera que lo tocare experimentaba una formidable sacudida y esa sacudida habrÃa sido mortal si el capitán Nemo hubiera lanzado al cable conductor toda la corriente de sus aparatos. Puede decirse, en verdad, que entre los asaltantes y él habÃa tendido una cortina eléctrica que nadie podÃa traspasar.
Entre tanto, los papúes emprendÃan la retirada enloquecidos de espanto. Nosotros, riendo a medias, consolábamos y friccionábamos al desdichado Land, que renegaba como un carretero. Pero, en ese momento, el Nautilus, levantado por las últimas ondulaciones del mar, se separó de su lecho de coral en el cuadragésimo minuto señalado por el capitán. La hélice sacudió las aguas con majestuosa lentitud. Luego la velocidad fue creciendo poco a poco, y corriendo por la superficie del océano abandonó, sano y salvo, los peligrosos pasos del estrecho de Torres.