Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Ese día, 21 de enero de 1868, a mediodía, el segundo de a bordo fue a tomar la altura del sol. Subí a la plataforma, encendí un cigarro y observé la operación. Me pareció evidente que el hombre no comprendía el francés, pues varias veces realicé en voz alta reflexiones que hubieran debido arrancarle algún involuntario signo de atención si las hubiera comprendido, pero permaneció mudo e impasible.
¡Mientras él observaba por medio del sextante, uno de los marineros del Nautilus - el hombre vigoroso que nos había acompañado en nuestra primera excursión submarina a la isla de Crespo-vino a limpiar los cristales del fanal. Examiné entonces la instalación de ese aparato cuya potencia se centuplicaba mediante anillos lenticulares dispuestos como los de los faros, que mantenían sus haces de luz en un mismo plano. La lámpara eléctrica se encontraba combinada de manera que proyectase el máximo de su potencia luminosa. Su luz, en efecto, se producía en el vacío, lo que aseguraba a la vez, la regularidad y la intensidad.
Dicho vacío economizaba también los grafitos entre los que se extendía el arco luminoso. Economía importante para el capitán Nemo, que no habría podido renovarlos fácilmente. Pero, en estas condiciones, su desgaste era casi insensible. Cuando el Nautilus se preparó a continuar su marcha submarina, descendí al salón. Las compuertas se cerraron, y se emprendió rumbo directo.