Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Pensé que aquel buque de vapor pertenecía a la línea peninsular y oriental que hace el servicio de la isla de Ceilán a Sydney, con escalas en la punta del Rey Jorge y en Melbourne. Al día siguiente, 26 de enero, atravesamos el ecuador por el meridiano ochenta Y dos y regresamos al hemisferio boreal. Durante ese día, un formidable cardumen de escualos siguió a la nave. Terribles seres que pululan en estos mares y los hacen muy peligrosos. Eran escualos filipos de lomo pardo y vientre blancuzco, armados con once hileras de dientes; escualos oculados con una gran mancha negra rodeada de blanco que semeja un ojo en el pescuezo; escualos isabelos de hocico redondeado, salpicado de puntos oscuros.
A menudo, esos vigorosos animales se precipitaban contra el vidrio del salón con violencia alarmante. Ned Land perdía el control de sí. Quería subir a la superficie del océano y arponear a los monstruos, sobre todo a ciertos escualos mustelos cuya boca está como pavimentada de dientes distribuidos a manera de mosaico; y otros grandes y atigrados, de cinco metros de largo, que lo provocaban con particular insistencia. Pero pronto el Nautilus, acrecentando su velocidad, dejó fácilmente atrás hasta a los tiburones más rápidos.