Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino El 27 de enero, al aproximarnos al vasto golfo de Bengala, encontramos en varias oportunidades -¡espectáculo siniestro!-cadáveres que flotaban en la superficie del mar. Eran los difuntos de las ciudades hindúes, traídos por el Ganges hasta alta mar y que los buitres, únicos sepultureros del país, no habían concluido de devorar. Pero no faltaban escualos para ayudarlos en tan fúnebre tarea. Hacia las siete de la tarde, el Nautilus navegaba semisumergido en medio de un mar de leche.
Hasta donde alcanzara la vista, el océano parecía lactescente. ¿Era el efecto de los rayos lunares? No, porque la luna, naciente apenas desde hacía dos días, se encontraba todavía oculta bajo el horizonte entre los rayos del sol. Todo el cielo, aunque esclarecido por la luz del día, parecía negro en contraste con la blancura de las aguas. Consejo no podía creer en lo que veía, y me interrogaba sobre las causas del singular fenómeno. Afortunadamente, yo me encontraba en condiciones de responderle.
-Es lo que se llama un mar de leche, le dije, amplia extensión de olas blancas que aparece frecuentemente en las costas de Amboina y en estos parajes.
-Pero, preguntó Consejo, ¿puede el señor decirme qué causa produce tal efecto?, pues supongo que el agua no se ha transformado en leche.