Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Comprendí entonces cuál era el designio del capitán Nemo. Manteniendo esta perla oculta bajo el manto de la tridacna, le permitía crecer insensiblemente. Cada año, la secreción del molusco agregaría nuevas capas concéntricas. Solamente el capitán conocía la gruta en que "maduraba" este admirable fruto de la naturaleza; solamente él la criaba, por así decirlo, para transportarla un día a su precioso museo. Era posible que, según el ejemplo de los chinos e indostánicos, hubiese dado origen él mismo a la producción de la perla, introduciendo entre los pliegues del molusco algún trozo de vidrio o de metal que se habría recubierto poco a poco de materia nacarada. En todo caso, comparando dicha perla con las que lucían en la colección del capitán, estimé su valor en diez millones de francos por lo menos. Espléndida curiosidad natural, y no joya de lujo, porque no sé qué orejas femeninas hubieran podido soportarla. La visita a la opulenta tridacna había terminado. El capitán Nemo salió de la gruta y regresamos por el banco de ostras, en medio de las aguas claras, no turbadas aún por el trabajo de los buceadores. Marchábamos aisladamente, como verdaderos paseantes ociosos, deteniéndonos o alejándonos según nuestra fantasía.