Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Miraba, con ojos espantados. Veía modificarse las fases de la lucha. El capitán resbaló en el fondo, derribado por la masa enorme que pesaba sobre él. Después las fauces del tiburón se abrieron desmesuradamente como una cizalla industrial, y aquello hubiera significado el final de la vida del capitán si, arpón en mano, precipitándose sobre el monstruo, Ned Land no lo hubiese alcanzado con su terrible punta. Las aguas se impregnaron de una masa de sangre. Se agitaron con los movimientos del escualo, que las batía con furor indescriptible. Pero Ned Land no habla fallado. Eran los estertores del monstruo. Herido en el corazón, se debatía en tremendos espasmos y el remolino qué produjo llegó a derribar a Consejo.
Mientras tanto, Ned Land había auxiliado al capitán. Éste, nuevamente de pie, sin heridas, se dirigió rápidamente hacia el hindú, cortó vivamente la cuerda que lo ligaba a su piedra, lo tomó en brazos, y de un vigoroso talonazo remontó a la superficie del mar. Lo seguimos los tres y, en algunos instantes, milagrosamente salvados, nos aproximamos a la embarcación del pescador.