Veinte mil leguas de viaje submarino

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La primera preocupación del capitán Nemo fue la de volver al desdichado a la vida. Yo no sabia si lo conseguiría. Lo esperaba, pues la inmersión del pobre diablo no habla resultado larga. Pero el coletazo del tiburón podía haberlo herido de muerte. Afortunadamente, con las vigorosas fricciones de Consejo y del capitán, poco a poco revivió el ahogado. Abrió los ojos. ¡Cuál debió haber sido su sorpresa, su espanto mismo, al ver las cuatro gruesas cabezas de cobre que se inclinaban sobre él!

Y sobre todo, ¿qué debió pensar cuando el capitán Nemo, extrayendo de un bolsillo de sus vestiduras un saco con perlas, se lo colocó entre las manos? Tan magnífica limosna del hombre de las aguas al pobre hindú de Ceilán fue aceptada por éste con mano temblorosa. Sus ojos espantados indicaban claramente que no sabía en ese instante a qué seres sobrehumanos debía a la vez la fortuna y la vida. A una señal del capitán regresamos al banco de ostras y, siguiendo la ruta ya recorrida anteriormente, después de media hora de marcha llegamos al ancla que aseguraba la canoa del Nautilus. Una vez embarcados, con la ayuda de los marineros nos desembarazamos del pesado caparazón de cobre. La primera palabra del capitán Nemo fue para el canadiense.

-¡Gracias, maestro Land!, le dijo.

-¡Es mi desquite, capitán!, respondió Ned Land. ¡Le debía esto!


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