Veinte mil leguas de viaje submarino

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distancia de seis millas las costas arábigas del Mahrah, del Hadramant, N, su ondulada línea de montañas, dominada por ruinas antiguas. El 5 de febrero avistamos al fin el golfo de Adén, verdadero embudo introducido en el gollete de Bab-el-Mandeb, que trasvasa las aguas indicas en el mar Rojo.

El 6 de febrero el Nautilus se hallaba a la vista de Adén, ubicada sobre un promontorio que un istmo estrecho une al continente. Creí que el capitán Nemo, llegado a este punto, resolvería retroceder, pero me engañaba, y con gran sorpresa mía no tomó ninguna resolución. Al día siguiente, el 7 de febrero, navegamos por el estrecho de Bab-el-Mandeb, cuyo nombre significa en lengua árabe "La puerta de las lágrimas". 

Con veinte millas de ancho, no alcanza más que cincuenta y dos kilómetros de longitud, y para el Nautilus, lanzado a toda velocidad, franquearlo fue cuestión de apenas una hora; pero no pude percibir nada particular, ni siquiera la isla de Perim, con la que el gobierno británico ha fortificado la posición de Adén. Muchos vapores ingleses o franceses de las líneas de Suez a Bombay, a Calcuta, a Melbourne, a Borbón, a Mauricio, surcaban el estrecho paso como para que el Nautilus pudiera mostrarse. De manera que se mantuvo prudentemente bajo las aguas. 


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