Veinte mil leguas de viaje submarino

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En fin, a mediodía, surcábamos las olas del mar Rojo. El 8 de febrero, desde las primeras horas del día, la ciudad de Moka apareció a la vista. Luego el Nautilus se aproximó a las costas africanas, donde la profundidad del mar es más considerable. Allí, bajo las aguas de cristalina limpidez, los paneles abiertos nos permitieron contemplar admirables ramificaciones de corales deslumbrantes y amplias rocas revestidas de un espléndido tapiz verde de algas y de fucos. ¡Qué espectáculo indescriptible y qué variedad de rincones y paisajes ofrecían esos escollos y esos islotes volcánicos del confín de la costa africana! 

Pero donde las arborizaciones marinas se mostraron en toda su espléndida belleza era en las márgenes orientales, a las que el Nautilus no demoró en aproximarse, sobre las costas de Tehama; pues allí no solamente estos ejemplares de zoófitos florecían bajo el nivel del mar, sino que formaban también ramificaciones pintorescas que se elevaban a diez brazas por encima, más caprichosas, pero menos coloridas que aquéllas, a las cuales la húmeda vitalidad de las aguas conservaba la frescura. 




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