Veinte mil leguas de viaje submarino

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La velocidad del Nautilus era en esos momentos moderada. Avanzaba, por así decirlo, vagabundeando. Yo observaba que el agua del mar Rojo se volvía cada vez menos salada, a medida que nos acercábamos a Suez. A eso de las cinco de la tarde avistamos hacia el norte el cabo, de Ras-Mohamed, que forma la extremidad de la Arabia pétrea, comprendida entre el golfo de Suez y el golfo de Acabah. El Nautilus penetró en el estrecho de Jubal, que conduce al golfo de Suez.

Divisé nítidamente una alta montaña, que domina entre los dos golfos el Ras-Mohamed. Era el monte Oreb, ese Sinaí en la cumbre del cual Moisés contempló a Dios cara a cara, y que la imaginación supone, siempre coronado de relámpagos. A las seis, el Nautilus, a veces en la superficie, otras veces sumergido, pasaba a la altura de Tor, extendida en el fondo de la bahía, cuyas aguas parecían teñidas de rojo, observación ya efectuada por el capitán Nemo.




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