Veinte mil leguas de viaje submarino

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¡Vana emoción, sin embargo! La Abraham Lincoln cambiaba de ruta, se lanzaba hacia donde se había señalado el animal, que era una ballena corriente o un cachalote vulgar, y al poco rato desaparecía entre un concierto de imprecaciones.

Mientras tanto, el tiempo se mantenía favorable. El viaje transcurría en las mejores condiciones. Estábamos entonces en la mala estación austral, pues julio en esa zona corresponde al enero de Europa; pero el mar se mantenía hermoso y permitía que se observara con claridad un amplio perímetro.

Ned Land seguía mostrando la más terca incredulidad; hasta fingía que no llevaba las miradas hacia la superficie marina fuera de sus horas de guardia, por lo menos mientras no hubiere a la vista alguna ballena. Y, sin duda, la maravillosa potencia de su visión nos hubiera sido muy útil. Pero de cada doce horas el empecinado canadiense se pasaba ocho leyendo o durmiendo en su camarote. Cien veces le he reprochado tal indiferencia.





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