Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Y los abrían desmesuradamente. No dieron un momento de reposo a los ojos ni a los catalejos, un tanto deslumbrados todos, cierto es, por la perspectiva del premio de dos mil dólares. Día y noche observaban la superficie del océano, y los nictálopes, cuya facultad de ver en la oscuridad aumentaba sus probabilidades en un cincuenta por ciento, aprovechaban de tal ventaja en la competencia por la prima. Yo, a pesar de que el dinero no me atraía en modo alguno, no era de los menos atentos a bordo. Apenas dedicaba unos minutos a las comidas y unas horas al sueño, para permanecer constantemente en el puente del navío, indiferente al sol y a la lluvia.
A ratos inclinado sobre la borda a proa, a ratos apoyado en la barandilla de popa, devoraba con mirada ávida la algodonosa estela que blanqueaba el mar hasta perderse de vista. ¡Y cuántas veces compartí la excitación de oficiales y tripulantes, cuando alguna caprichosa ballena asomaba el lomo negruzco por encima de las olas! El puente de la fragata se poblaba al instante. De las escotillas surgía una oleada de marineros Y oficiales. Cada uno de ellos, respirando corto, fija la mirada hasta ponerse turbia, observaba la marcha del cetáceo. Yo también miraba con fijeza tal como para gastarme la retina, como para quedarme ciego, mientras Consejo, siempre flemático, me repetía con tono calmoso:
-Si el señor tuviera la bondad de abrir menos los ojos, vería mucho mejor.