Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -¡Bah!, me respondía, no hay nada, señor Aronnax, y aunque hubiera el animal que dicen, ¿qué probabilidades tenemos de encontrarlo', ¿Acaso no estamos yendo a la ventura? Aseguran que han vuelto a ver en los altos mares del Pacífico a ese animal inasequible, y quiero darlo por cierto; pero ya han transcurrido dos meses desde entonces, y si juzgamos por el temperamento que le atribuyen al narval del cuento, no le gusta criar moho en los mismos parajes. Goza de prodigiosa facilidad para cambiar de sitio. Y usted sabe mejor que yo, señor profesor, que la naturaleza no hace nada en balde y que no le daría a un animal lento de por sí la facultad de moverse rápidamente si no le fuera necesario. De manera, pues, que si el animal existe, ¡ya debe andar muy lejos!
Yo no sabía qué objetar a esto. Evidentemente, navegábamos a ciegas. ¿Acaso podíamos proceder de otro modo? Claro está que nuestras probabilidades quedaban muy limitadas. Sin embargo, nadie dudaba aún del éxito final y ningún marinero hubiera apostado a bordo contra la existencia del narval y contra un próximo encuentro con él.