Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino En ese momento, un fuerte silbido me indicó que los depósitos se llenaban, y el Nautilus se hundía bajo las olas del Atlántico. Yo no había vuelto a ver al capitán después de nuestra visita a la isla Santorin. ¿El azar habría de ponerme en su presencia antes de nuestra partida? Lo deseaba y lo temía a la vez. Escuché si se percibían pasos en su cámara, contigua a la mía. Ningún ruido llegó a mis oídos. Su habitación debía estar desierta.
Entonces se me ocurrió preguntarme si el extraño personaje se encontraría a bordo. Desde la noche en que la canoa se había alejado del Nautilus para cumplir una misión misteriosa, mis ideas sobre el capitán se habían modificado ligeramente. Pensaba, dijera él lo que dijere, que el capitán Nemo debía de conservar con la tierra algunas relaciones. ¿No dejaba nunca el Nautilus? Semanas enteras habían transcurrido a veces sin que yo lo viese. ¿Qué hacía él durante este tiempo, y, mientras yo lo suponía presa de accesos rnisantrópicos, no realizaría él, lejos, alguna secreta acción cuya naturaleza me era imposible comprender por ahora?