Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Quise ver el salón por última vez. Seguí por las crujías y llegué al museo donde habían transcurrido para mí tantas horas agradables útiles. Observaba todas aquellas riquezas, todos aquellos tesoros, como un hombre en vísperas de eterno exilio, que parte para no regresar. Esas maravillas de la naturaleza, esas obras maestras del arte, entre las que desde hacía tantos días se concentraba mi vida, iba a abandonarlas para siempre. Hubiera querido hundir mis miradas por el cristal del salón en las aguas del Atlántico, pero los paneles se mantenían herméticamente cerrados, un manto de acero me separaba de ese océano que aún no conocía.
Recorriendo así el salón, me encontré cerca de la puerta practicada en la ochava que daba a la habitación del capitán. Con gran sorpresa mía, la puerta estaba entreabierta. Retrocedí involuntariamente. Si el capitán Nemo se encontraba en su cámara podía divisarme. Sin embargo, al no escuchar ningún ruido, me aproximé. La pieza se hallaba vacía. Empujé la puerta. Dí algunos pasos en su interior que ofrecía siempre el mismo aspecto severo, cenobítico.