Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -Señor profesor, continuó el capitán Nemo, si a usted le parece bien nos remontaremos a 1702. No ignora que en esa época, su rey Luis XIV, habiendo creído que bastaba un gesto de potentado para hundir a los Pirineos bajo tierra, había impuesto al duque de Anjou, su nieto, como rey de los españoles. Este príncipe que reinó más o menos mal bajo el nombre de Felipe V, tuvo serias cuestiones con las demás potencias. En efecto, el año precedente las casas reales de Holanda, de Austria y de Inglaterra habían concertado en La Haya un tratado de alianza, con el propósito de quitarle la corona de España a Felipe V para colocarla en la cabeza de un archiduque, a quien ellas dieron prematuramente el nombre de Carlos III.
España debió resistir a esta coalición, pero se hallaba casi desprovista de soldados y marinos. Sin embargo, el dinero no le faltaba, con la condición de que los galeones cargados de oro y plata traídos de América entrasen en sus puertos. Ahora bien, hacia fines de 1702, esperaba un rico cargamento que Francia hacia escoltar por una flota de veintitrés navíos al mando del almirante de Chateau-Renaud, pues las marinas coaligadas recorrían por entonces el Atlántico. El convoy debía dirigirse a Cádiz; pero el almirante, informado de que la flota inglesa se encontraba en esos parajes, resolvió fondear en algún puerto de Francia.