Veinte mil leguas de viaje submarino

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-¿Su banquero?

-O mejor dicho en su casa de banca. Yo llamo as¡ al océano donde sus riquezas parece que están más seguras que en las cajas de un estado.

Le conté entonces al canadiense los incidentes de la víspera, con segunda intención de sugerirle la idea de no abandonar al capitán; pero mi explicación no tuvo más efecto que las lamentaciones enérgicamente expresadas por Ned por no haber podido efectuar por su propia cuenta un paseo en el campo de batalla de Vigo.

- ¡En fin, dijo, todo no ha terminado aún! No se trata más de que de un arponazo perdido! Otra vez tendremos éxito, y desde esta noche si es necesario...

-¿Cuál es la dirección del Nautilus, pregunté.

-Lo ignoro, respondió Ned.

-Y bien, a mediodía sabremos la altura.

El canadiense se volvió al lado de Consejo. Cuando estuve vestido, pasé al salón. La brújula no nos tranquilizaba. El Nautilus tomaba rumbo hacia el sur-sudoeste. Dábamos la espalda a Europa. Esperé con cierta impaciencia que se anotara la posición en el mapa. Hacia las once y media los depósitos fueron vaciados y nuestro aparato ascendió a la superficie del océano. Me precipité a la plataforma. Ned Land ya me había precedido. No habla tierras a la vista.


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