Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Llegado al vestuario, vi que ni mis compañeros ni tampoco ningún hombre de la tripulación nos acompañarían. El capitán Nemo no me propuso siquiera llevar a Ned ni a Consejo. En algunos instantes revestimos nuestros aparatos. Nos colocaron a la espalda los depósitos abundantemente cargados de aire, -pero las lámparas eléctricas no estaban preparadas. Se lo hice observar al capitán.
-Nos serían inútiles, respondió.
Creí haber oído mal, pero no pude reiterar mi observación, pues ya la cabeza del capitán habla desaparecido en su envoltura metálica. Terminé de colocarme mi equipo y sentí que me ponían en la mano un bastón herrado, y algunos minutos más tarde, después de la maniobra habitual, hicimos pie en el fondo del Atlántico, a una profundidad de trescientos metros. Se acercaba la medianoche. Las aguas estaban profundamente oscuras, pero el capitán Nemo me señaló en la lejanía un punto rojizo, una especie de faja luminosa que brillaba a dos millas aproximadamente del Nautilus.