Veinte mil leguas de viaje submarino

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Nuestra ruta se aclaraba cada vez más. La luminosidad blanquecina provenía de la cumbre de una montaña de aproximadamente ochocientos pies de altitud. Pero lo que yo percibía no era otra cosa que una simple reverberación reflejada por el cristal de las capas de agua. El hogar, fuente de la inexplicable claridad, ocupaba la ladera opuesta de la montaña.

En medio del dédalo pedregoso que surcaba el fondo del Atlántico, el capitán Nemo avanzaba sin vacilaciones. Él conocía esta oscura ruta. La había recorrido frecuentemente, sin duda, y no podía perderse en ella. Yo lo seguía con una confianza inquebrantable. Él se me aparecía corno uno de los genios del mar, y, cuando marchaba delante de mí yo admiraba su alta estatura que se recortaba en negro sobre el fondo luminoso del horizonte.

Era ya la una de la madrugada. Habíamos llegado a las primeras rampas de la montaña. Pero, para abordarlas, era necesario aventurarse por los difíciles senderos de un gran monte.

¡Sí!, un monte de árboles muertos, sin hojas, sin savia, árboles petrificados por la acción de las aguas y que dominaban aquí y allá unos pinos gigantescos. Era como una mina de hulla aún en pie, fija por las raíces en el suelo sumergido y cuyo ramaje, a la manera de finos recortes de papel negro, se dibujaba netamente en el cielorraso de las aguas.


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