Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Imagínese una selva del Hartz, adosada a la ladera de una montaña pero una floresta sumergida en el abismo. Los senderos estaban obstaculizados por algas y por fucos, y entre ellos bullía un inundo de crustáceos. Yo adelantaba, trepando por las rocas, saltando por sobre los troncos derribados, quebrando las lianas de mar que se balanceaban entre los árboles, espantando a los peces que volaban de rama en rama. Arrebatado, no sentía ya la fatiga. Seguía a mi guía que no parecía fatigarse.
¡Qué espectáculo! ¿Cómo describirlo? ¿Cómo pintar el aspecto de aquellos bosques, de aquellas rocas en el medio líquido, sus bases sombrías, sus cimas coloreadas de tonos rojos bajo la claridad duplicada por la potencia reverberante de las aguas? Trepábamos rocas que se derrumbaban en seguida en bloques enormes, con sordo estruendo de avalancha.