Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino AllÃ, monumentales rocas inclinadas sobre bases irregularmente recortadas, parecÃan desafiar las leyes del equilibrio. Entre sus articulaciones de piedra, surgÃan árboles, de pronto, como un chorro de agua lanzado a formidable presión, sosteniendo a los que los sostenÃan a ellos mismos. Más allá, unas torres naturales, unos lienzos de muralla cortados a pico como cortinas, se inclinaban en ángulos que las leves de la gravitación no hubiesen permitido en la superficie de las regiones terrestres. ¡Y yo mismo sentÃa la diferencia debida a la gran densidad del agua, cuando a pesar del pesado equipo, de la escafandra de cobre, de mis suelas de metal, me elevaba por pendientes impracticablemente abruptas, franqueándolas, por asà decirlo, con la ligereza de un gamo o de un antÃlope!
Dos horas después de haber abandonado el Nautilus, habÃamos franqueado la zona de árboles, y a cien pies por encima de nuestras cabezas se erguÃa el pico de la montaña, cuya proyección aparecÃa en sombra sobre la esplendente irradiación de la ladera opuesta. Algunos arbolillos petrificados aparecÃan aquà y allá en amenazantes zigzagueos. Los peces se alzaban en masa ante nuestros pasos como pájaros sorprendidos en las altas hierbas.