Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino La masa rocosa se hallaba rajada en impenetrables anfractuosidades, profundas grutas, insondables boquetes, en el fondo de las cuales yo sentía removerse cosas formidables. ¡La sangre me afluía al corazón, cuando divisaba una enorme antena que me cerraba el camino, o alguna pavorosa pinza cerrándose con ruido en la sombra de esas cavidades! Millares de puntos luminosos brillaban en de las tinieblas. Eran los ojos de gigantescos crustáceos agazapados en su guarida, bogavantes irguiéndose como alabarderos mientras movían las patas con un tintineo de chatarra, titánicas centollas fijadas como cañones en sus cureñas, y pulpos espantosos entrelazando sus tentáculos, maraña viva de serpientes.
¿Qué era este mundo exorbitante que yo no conocía todavía? ¿A qué orden pertenecían estos articulados a los que las rocas formaban como un segundo caparazón? ¿Dónde había encontrado la naturaleza el secreto de su existencia vegetativa, y desde hacía cuántos siglos su existencia se desarrollaba así en las últimas capas del océano?