Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -Pero amigo Ned, replicó Consejo, si el paso no fuera submarino, el Nautilus no hubiera podido penetrar por él.
-Y yo agregaré, maestro Land, que las aguas no se habrían precipitado bajo la montaña y que el volcán continuaría siendo volcán. De modo que sus lamentaciones son superfluas.
Habíamos llegado al pie de un bosquecillo de robustos dragos, cuando Ned Land exclamó:
-¡Ah!, señor, ¡una colmena!
-¿Una colmena, repliqué, haciendo un gesto de perfecta incredulidad.
-¡Sí, una colmena, repitió el canadiense, y abejas que zumban a su alrededor!
Me aproximé y debí rendirme ante la evidencia. Había allí, en un boquete existente en el tronco de un drago, algunos millares de esos ingeniosos insectos, tan comunes en todas las Canarias, cuyos productos son allí particularmente estimados. Muy naturalmente, el canadiense quiso hacer su provisión de miel y le hubiera hecho poca gracia que yo me opusiese. Encendió con la chispa de su pedernal cierta cantidad de hojas secas mezcladas con azufre y comenzó a ahumar las abejas. Los zumbidos cesaron poco a poco; y una vez vaciada la colmena nos brindó algunas libras de miel perfumada, con la que Ned Land llenó su morral.