Veinte mil leguas de viaje submarino

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Es concebible cómo se encendería la codicia del canadiense a la vista de tan sabrosa caza, y cómo lamentaría no haber llevado consigo un fusil. Trató de reemplazar el plomo con piedras después de muchos infructuosos intentos, logró herir a una de aquellas magníficas avutardas. Decir que arriesgó veinte veces la vida para alcanzarla, no es más que la pura verdad, pero lo hizo tan bien que el ave ocupó su sitio en su morral al lado del postre de miel. Hubimos entonces de descender al ribazo, pues por la cresta se hacía muy difícil avanzar. Por encima de nosotros, el cráter abierto aparecía como la ancha boca de un pozo. 

Desde allí el cielo se distinguía con bastante nitidez, y yo veía pasar las nubes desgreñadas por el viento del oeste, que dejaban colgados de la cima sus brumosos jirones. Prueba cierta de que las nubes se encontraban a mediana altura, pues el volcán no se alzaba a más de ochocientos pies del nivel del mar. Media hora después de la última hazaña del canadiense, habíamos regresado al ribazo interior. Allá, la flora estaba representada por amplios tapices -de cresta marina, plantita umbelífera muy buena para encurtidos, que lleva también los nombres de horada-piedra, de traspasapiedra y de hinojo marino. 



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