Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Temí que éste se dejara llevar por la violencia, lo que hubiera tenido resultados lamentables. Pero lo distrajo de su cólera la vista de una ballena a la que el Nautilus abordaba en ese momento. El animal no había podido evitar las dentelladas de los cachalotes. Vi que era una ballena austral, de cabeza deprimida, enteramente negra. El infeliz cetáceo, tumbado sobre uno de los flancos, estaba muerto. En el extremo de la aleta mutilada llevaba pendiente aún un ballenato que no pudo salvar de la matanza. La boca abierta dejaba correr el agua que murmuraba como la resaca a través de las barbas córneas.
El capitán Nemo arrimó el Nautilus junto al cadáver del animal. Dos hombres subiéronse al costado de la ballena y vi, no sin sorpresa, que le sacaban de las mamas toda la leche que contenían, esto es, una cantidad de dos o tres toneles.
El capitán me brindó una taza de la leche todavía caliente. No pude menos que manifestar repugnancia ante esa bebida. Me aseguró que era leche excelente que en nada se diferenciaba de la de la vaca. La probé y compartí su parecer. Era para nosotros una reserva útil, pues esa leche convertida en manteca salada o en queso, aportaría mayor variedad a nuestra comida habitual.