Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Además, por todas partes se oía el estruendo de los derrumbamientos, de los grandes tumbos de icebergs, que cambiaban el paisaje como la movediza decoración de un diorama. Cuando estaba sumergido el Nautilus en el momento en que se rompían aquellos equilibrios, el rumor se propagaba por debajo del agua con espantosa intensidad y la caída de tan grandes masas forraba temibles remolinos hasta en las capas más profundas del océano.
El Nautilus se balanceaba y cabeceaba como un navío abandonado al furor de los elementos. A menudo, no viendo salida alguna, yo creía que quedaríamos definitivamente apresados entre los hielos; pero guiado por el instinto y aprovechando del más leve indicio, el capitán Nemo descubría nuevos pasos. No se equivocaba nunca al observar los delgados hilos de agua azulada que surcaban los icefields. Por eso, no me cabían dudas de que anteriormente se hubiera aventurado ya con el Nautilus en plenos mares antárticos.