Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Al día siguiente, 19 de marzo, volví a tomar mi puesto en el salón. La corredera eléctrica indicaba que se había moderado la velocidad del Nautilus. Iba subiendo hacia la superficie, aunque con prudencia, vaciando los depósitos. Me latía el corazón. ¿Podríamos emerger y gozar de nuevo de la atmósfera libre, en el polo? No. Un choque me dio a entender que el Nautilus había golpeado con la superficie inferior de la barrera, demasiado espesa todavía a juzgar por lo apagado del ruido.
Habíamos "tocado", para emplear la expresión marina, pero en sentido inverso y a los tres mil pies de profundidad. Lo que significaba cuatro mil pies de hielo sobre nosotros, de los cuales mil por encima de la superficie. La barrera tenia, por lo tanto, una altura mayor de la que habíamos calculado desde su borde. Circunstancia poco tranquilizadora. Durante el día, el Nautilus repitió varias veces la misma experiencia, chocando cada vez con la muralla que formaba un techo sobre él. En ciertos momentos, dio contra ella a los novecientos metros, con lo que se revelaban mil doscientos metros de espesor, con trescientos sobre el nivel del mar... Era el doble de la altura de la barrera cuando el Nautilus se había sumergido. Anoté cuidadosamente las diversas profundidades y obtuve así el perfil submarino de aquella cadena que se extendía bajo el agua.