Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Cuando estuve al lado del capitán Nemo, lo encontré acodado calladamente en una roca, contemplando el cielo. Al parecer, estaba impaciente, contrariado. ¿Qué cabía hacer? Por audaz y poderoso que fuere ese hombre, no podía mandar al sol como dominaba al mar. Llegó el mediodía sin que apareciera el astro rey un solo instante. No podíamos siquiera reconocer el sitio que ocupaba tras la cortina de bruma, que no tardó en resolverse en copiosa nieve.
-Mañana será, me dijo sencillamente el capitán, y nos volvimos al Nautilus en medio de los torbellinos atmosféricos. La tormenta de nieve duró hasta el día siguiente. No era posible estar en la plataforma. Desde el salón donde tomaba notas de los incidentes que señalaban esa excursión al continente polar, yo oía los graznidos de los petreles y albatros que se recreaban en plena tormenta. El Nautilus no permaneció estacionario, sino que bordeando la costa avanzó aún unas diez millas hacia el sur, envuelto en la escasa claridad que daba el sol al rasar los límites del horizonte. Al día siguiente, cesó la nevada.