Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino El frÃo era un poco más intenso. El termómetro marcaba dos grados bajo cero. Las nieblas se desvanecieron y alenté la esperanza de que ese dÃa podrÃamos dejar señalada nuestra posición. El capitán Nemo no se habÃa hecho ver todavÃa; nos embarcamos Consejo y yo en la canoa para ir a tierra. La naturaleza del suelo era allà igualmente volcánica; en todas partes se notaban huellas de lava, de escorias, de basalto, sin que llegase yo a ver el cráter que los habÃa arrojado.
Aquà como allá, miles de pájaros animaban esta porción del continente polar, compartiendo el dominio de la zona con numerosos grupos de mamÃferos marinos que nos miraban con su dulce mirar. Eran focas de distintas especies, unas echadas en el suelo, otras recostadas sobre témpanos a la deriva, algunas saliendo del mar o arrojándose a él. No las asustaba nuestra presencia, por no haber tenido nunca contacto con el hombre, y calculé que habrÃa allà un número suficiente como para abastecer a varios centenares de navÃos.