Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino A las once y media habíamos llegado al punto de desembarco. La canoa, encallada, había traído al capitán Nemo. Lo vi, puesto de pie sobre un bloque de basalto, con los instrumentos a su vera, la mirada fija en el horizonte norte, cerca del cual describía entonces el sol su curva alargada. Me coloqué al lado del capitán y me mantuve a la espera sin hablar. Llegó el medio día; lo mismo que había ocurrido la víspera, el sol no se mostró. Era una fatalidad; fallaba otra vez la observación y si mañana no se realizaba, habría que renunciar definitivamente a conocer nuestra verdadera posición.
Estábamos, en efecto, a 20 de marzo. Mañana, 21, día del equinoccio, sin contar con la refracción, el sol desaparecería durante seis meses detrás del horizonte y con su ocultamiento comenzaría la larga noche polar. Desde el equinoccio de setiembre había emergido del horizonte septentrional, elevándose en espirales alargadas hasta el 21 de diciembre. En esa época, el solsticio en aquellas regiones australes, comenzó a descender nuevamente y el día siguiente habría de lanzar sus últimos rayos. Le manifesté al capitán Nemo estas observaciones y temores míos.