Veinte mil leguas de viaje submarino

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-Así es, dije. No obstante, creo que el cálculo puede no resultar matemáticamente riguroso, porque el equinoccio no coincide por fuerza con el mediodía.

-Sin duda, señor; pero la diferencia apenas sería de unos cien metros, que para el caso poco importan. Hasta mañana, pues. El capitán Nemo regresó a bordo. Consejo y yo nos quedamos hasta las cinco, recorriendo la playa, observando y estudiando. No hallé ningún objeto curioso, a no ser un huevo de pingüino, de notable tamaño y por el que algún coleccionista hubiera dado más de mil francos. El color perla, las rayas y manchas que lo adornaban como otros tantos jeroglíficos, lo convertían en una valiosa chuchería. Lo puse en manos de Consejo, y el prudente mozo, de paso seguro, sustentándolo como una preciosa porcelana de la China, lo llevó intacto hasta el Nautilus

Allí, ubiqué ese huevo raro en una de las vitrinas del museo. Cené con apetito, saboreando un excelente trozo de hígado de foca, cuyo gusto recuerda el de la carne de cerdo. Luego me acosté, no sin haber invocado como un hindú los favores del astro radioso. Al día siguiente, 21 de marzo, a las cinco de la mañana subí a la plataforma, donde hallé al capitán Nemo.

-El tiempo se despeja un poco, me dijo. Tengo esperanzas de que podamos realizar nuestro propósito. Después de almorzar, bajaremos a tierra para elegir un lugar de observación.


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