Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino En efecto, tenía en las manos la obra de Las grandes profundi- dades s0marinas, sin sospecharlo. Cerré el libro y reanudé el paseo. Ned Land y Consejo se levantaron para retirarse.
-No se vayan, amigos, les dije reteniéndolos. Quedémonos juntos hasta que salgamos de este atolladero.
Transcurrieron unas horas. Observé con frecuencia los instrumentos colgados en la pared del salón. El manómetro indicaba que el Nautilus se mantenía a una profundidad constante de trescientos metros; la brújula señalaba que se dirigía sin variar hacia el sur; la corredera, que se movía con una velocidad de veinte millas por hora, velocidad excesiva en un espacio tan estrecho. Pero el capitán Nemo sabía que no era mucha toda prisa, ya que entonces los minutos equivalían a siglos. A las ocho y veinticinco minutos, se produjo otro choque, esta vez a popa. Sentí que me ponía pálido.
Mis compañeros se me acercaron. Le tomé la mano a Consejo. Nos interrogábamos con las miradas, y más claramente que si las palabras interpretaran nuestros pensamientos. En ese momento el capitán entró en el salón. Me adelanté hacia él.
-¿El paso está obstruido al sur?, le pregunté.
-Sí, señor. El iceberg al tumbarse cerró toda salida.
-¿Estamos bloqueados,
-Sí.