Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Ese día, la tarea habitual se cumplió con más energía que nunca. Quedaban solamente dos metros por cavar en toda la superficie. Dos metros solamente nos separaban del mar abierto. Pero los depósitos estaban casi vacíos de aire. Lo poco que contenían debía reservarse para los trabajadores. ¡Ni un átomo para el Nautilus!
Cuando regresé a bordo, me sentí a medias sofocado. ¡Qué noche aquélla! No sabría describirla. Semejantes padecimientos no pueden narrarse. Al día siguiente, tenía horriblemente oprimida la respiración. A las jaquecas se añadían aturdidores mareos que me hacían aparecer como hombre ebrio. Mis compañeros manifestaban iguales síntomas y algunos tripulantes se revolcaban entre estertores. Aquel día, el sexto de nuestro encierro, el capitán Nemo resolvió aplastar la capa de hielo que nos separaba aún de la capa líquida, ya que azadones y picos resultaban demasiado lentos.
Había conservado el hombre incólumes la energía y la serenidad. Con su fuerza moral domeñaba los padecimientos físicos. Pensaba, decidía, obraba. A una orden suya, la nave fue levantada, es decir, alzada de la capa de hielo por un cambio en su peso específico, y cuando estuvo en equilibrio en el agua la llevaron hasta colocarla encima de la gran fosa calculada según su línea de flotación. Luego, al llenarse los depósitos de agua, bajó y calzó en el alvéolo cavado.