Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino En ese momento toda la tripulación retornó a bordo y cerróse la doble puerta de comunicación. El Nautilus se apoyaba entonces en un lecho de hielo que no medía un metro de espesor y al que las sondas habían perforado ya en mil lugares.
Los grifos de los depósitos se abrieron hasta el punto máximo, de manera que cien metros cúbicos de agua se precipitaron en ellos, aumentando en cien mil kilogramos el peso del Nautilus. Observábamos, escuchábamos, olvidados de nuestros sufrimientos, animados aún de esperanzas. Nuestra salvación se jugaba con aquel último intento. A pesar de los zumbidos en la cabeza que me aturdían, percibí al rato unos estremecimientos bajo el casco de la nave. Se produjo un desnivel. El hielo crujió con singular estrépito, semejante al del papel que se desgarra, y el Nautilus bajó.
-¡Pasamos!, me murmuró Consejo al oído.