Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino No pude responderle. Le tomé la mano. Se la oprimí en convulsión involuntaria. De pronto, arrastrado por su tremenda sobrecarga, el Nautilus se hundió como una bala, esto es, cayó como si se hallara en el vacío. Entonces se dio a las bombas toda la fuerza eléctrica y comenzaron a desagotar el líquido de los depósitos. A los pocos minutos se logró detener la caída, y hasta no tardó en señalar el manómetro un movimiento ascendente. La hélice movida a toda velocidad, hizo estremecerse el casco de hierro hasta en los pernos de las planchas, arrastrándonos en dirección del norte. Mas, ¿cuánto duraría la navegación por debajo de la barrera hasta que llegáramos al mar libre?
¿Otro día más? ¡Yo me habría muerto antes! Semitendido en un sofá
en la biblioteca, me sofocaba. Habíaseme puesto morada la cara, azules los labios, tenía suspenso el sentido. Ya no vela ni oía. Los músculos no alcanzaban a contraerse. No podría decir cuántas horas transcurrieron mientras me hallaba en tal estado. Pero tuve conciencia de que comenzaba mi agonía. Comprendí que iba a morir... De repente, volví en mi. Algunas bocanadas de aire penetraban en mis pulmones. ¿Habíamos subido hasta la superficie del mar ¿Habíamos traspasado la barrera?