Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino ¡No! Era que Ned y Consejo, mis dos abnegados amigos, se sacrificaban para salvarme. Algunos átomos de aire quedaban aún en el fondo de un aparato. En lugar de aprovecharlos ellos, los habían con-
servado para mí y, mientras, se ahogaban, me iban infundiendo la vida gota a gota. Quise rechazar el aparato; me sujetaron las manos y, durante un instante, respiré con honda voluptuosidad. Dirigí la mirada al reloj. Eran las once da la mañana. Debíamos estar a 28 de marzo. El Nautilus avanzaba con la vertiginosa velocidad de cuarenta millas por hora, retorciéndose dentro del agua.
¿Dónde estaba el capitán Nemo? ¿Había sucumbido? ¿Habrían muerto sus compañeros con él? En ese instante, el manómetro indicó que sólo estábamos a veinte pies de la superficie. Un delgado campo de hielo nos separaba de la atmósfera. ¿No era posible quebrarlo?