Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Se me bañaban de lágrimas los ojos al escuchar esas palabras. Siendo intolerable para todos la situación dentro de la nave, ¡con qué prisa, con qué ganas nos vestíamos las escafandras para trabajar cuando llegaba nuestro turno!
Los picos resonaban en la capa helada, Los brazos se nos cansaban, se nos desollaban las manos, pero, ¡qué eran tales fatigas, qué importaban tales heridas! ¡El aire vital llegaba a nuestros pulmones!
¡Respirábamos! ¡Respirábamos!
Y, no obstante, nadie prolongaba más allá del tiempo señalado su trabajo submarino. Cumplida la tarea, cada cual entregaba a los compañeros jadeantes el aparato que devolvía la vida. El capitán Nemo daba el ejemplo y era el primero en someterse a tan severa disciplina. Llegada la hora, cedía a otro el aparato y retornaba a la atmósfera viciada de a bordo, siempre calmoso, sin desfallecimientos, sin una queja.