Veinte mil leguas de viaje submarino

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DESDE EL CABO DE HORNOS HASTA EL AMAZONAS

Cómo me hallaba yo en la plataforma, no sabría decirlo. Tal vez me habla llevado allí el canadiense. Pero yo respiraba, aspirando con delicia el aire vivificante del mar. Igualmente mis dos compañeros se solazaban a mi lado con sus frescos efluvios. Aquellos desdichados que estuvieron mucho tiempo privados de alimento no pueden abalanzarse descomedidamente sobre los primeros manjares que se les brindan; nosotros, en cambio, no teníamos por qué moderarnos, podíamos aspirar a plenos pulmones los átomos de aquella atmósfera y era la brisa, la propia brisa la que nos deparaba tan voluptuosa embriaguez.

-¡Ah, qué bueno es el oxígeno!, decía Consejo. No tema el señor aspirarlo, lo hay para todos.

En cuanto a Ned Land, no hablaba, pero abría. las mandíbulas como para asustar a un tiburón. ¡Y qué potente aspiraciones las suyas!





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