Veinte mil leguas de viaje submarino

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Terminada la pesca, el Nautilus se aproximó a la costa. En ese lugar, unas tortugas marinas dormían en la superficie mecidas por las olas. Hubiera resultado difícil apoderarse de aquellos valiosos reptiles, pues el más leve ruido los despierta y el sólido caparazón rechaza como fuerte coraza el arpón que intenta herirlos. Pero el equidnido procede a la captura con seguridad y precisión extraordinarias. Este animal, en efecto, obra corno un anzuelo viviente, que sería la dicha y la fortuna del ingenuo pescador de caña.

Los hombres del Nautilus ataron a la cola de esos peces un anillo bastante ancho como para no impedirle los movimientos y del anillo sujetaron una larga cuerda amarrada por el otro extremo a la borda. Los equidnidos, echados al mar, comenzaron al instante su tarea y fueron a fijarse en el peto de las tortugas. Son tan tenaces que se dejarían desgarrar antes que soltar la presa. Fueron izados a bordo y, con ellos, las tortugas a las que estaban adheridos. 






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