Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino El 20 de abril navegábamos a la profundidad media de mil quinientos metros. La tierra más cercana era el archipiélago de las Lucayas, islas diseminadas como adoquines por la superficie del mar. Allí se alzaban altos acantilados submarinos, rectas murallas constituidas por bloques roídos, puestos sobre anchos basamentos, entre los cuales se formaban unas cavidades negras que no alcanzaban a, alumbrar hasta el fondo nuestros rayos eléctricos. Aquellas rocas se hallaban tapizadas de grandes hierbas, de gigantescas laminarias fucos interminables, verdadero espaldar corno el de los enrejados de los jardines por donde trepan ciertas plantas, formado allí por aquellos hidrófitos dignos de un mundo de titanes.